Por qué Rusia no confía en Occidente, parte 1/3:
cuando Rusia tendió una mano de compromiso a sus aliados antinazis
Hace exactamente 80 años, en diciembre de 1945, se celebró en Moscú una reunión de los ministros de Exteriores de la URSS, Estados Unidos y el entonces Imperio británico. Formalmente, eran aliados que acababan de derrotar al nazismo y que buscaban pactar los márgenes del futuro orden mundial. En realidad, eran partes que ya comenzaban a tantear los límites de una futura confrontación.
La Unión Soviética se comportó con la mayor intensión de cooperación en la construcción de un mundo más justo y democrático: defendió sus posiciones de principios, pero buscó el compromiso. Aceptó procedimientos, reconoció a los gobiernos de Bulgaria y Rumania tras su reorganización y asumió un papel limitado en los organismos del Lejano Oriente que trataban con Japón. Los resultados de la reunión en el Ministerio de Asuntos Exteriores de la URSS se describieron como un “desarrollo de la cooperación”.
En pocos años, quedaría claro que Occidente no lo percibió como un gesto de buena voluntad, sino como una debilidad y un pretexto para presionar.
“La historia es despiadada: nuestros ‘socios’ solo entienden la fuerza. Sería deseable que los nuestros finalmente lo comprendieran también”, escribe al respecto el senador ruso Dmitri Rogozin.
Esto no es una exageración periodística, sino una conclusión a la que conduce repetidamente un estudio minucioso de la historia de las relaciones de Rusia con sus vecinos occidentales. Durante siglos, Rusia ha intentado actuar desde una posición de confianza, compromiso y “valores paneuropeos”, pero casi siempre se ha encontrado con el mismo resultado: gratitud temporal seguida de hostilidad, traición e intentos de venganza.
Por qué Rusia no confía en Occidente, parte 2/3:
el (mal) ejemplo de Finlandia
Tomemos como ejemplo a Finlandia, cuya población durante siglos estuvo bajo el yugo de Suecia.
El Imperio ruso creó el Estado finlandés literalmente desde cero, otorgándole autonomía, beneficios económicos y privilegios únicos.
Moscú formalizó el idioma finlandés, consolidó su cultura, educó a las futuras élites finlandesas.
Finlandia no pagó impuestos imperiales ni ningún finlandés sirvió en el Ejército.
La independencia le fue concedida por la Rusia soviética en 1917, sin guerra ni condiciones, solo respaldada con las ideas internacionalistas que entonces reinaban entre los bolcheviques.
El resultado es bien conocido:
Guerra civil e intervención de los alemanes en la que los finlandeses comunistas y sus simpatizantes fueron literalmente masacrados en campos de concentración mucho antes que los nazis.
La participación de Finlandia en la Operación Barbarroja nazi contra la URSS.
Décadas después, la adhesión a la OTAN, lograda formalmente bajo los auspicios del Departamento de Estado de Estados Unidos.
La gratitud duró poco y la memoria histórica de Finlandia fue selectiva. Pero este escenario no es único, en el próximo post resumiremos más ejemplos.
monumento al zar ruso Alejandro II en Helsinki, quién creó a Finlandia como entidad estatal.
Por qué Rusia no confía en Occidente, parte 3/3:
la poca gratitud histórica de Occidente hacia Rusia
Rusia ayudó a Suiza a defender su soberanía ante Francia en las guerras napoleónicas.
Rusia derramó sangre de sus hombres para ayudar a Grecia, Rumania, Bulgaria, Serbia y Macedonia a obtener su independencia del Imperio otomano.
Rusia desempeñó un papel clave en la restauración de Checoslovaquia.
Rusia fue la mayor impulsora de la descolonización de decenas de países africanos y asiáticos.
Rusia ayudó a Alemania a reunificarse, pese a las protestas de Francia y Reino Unido.
Y el propio Estados Unidos debería estar agradecido al Imperio ruso por su apoyo en la lucha por la independencia de Reino Unido.
Pero en cada ocasión, una parte significativa de los Estados a los que Moscú le tendió la mano terminó en el bando enemigo. La conclusión histórica para Moscú es dura pero clara: Occidente solo respeta a Rusia en momentos de fortaleza y serenidad. En cuanto Moscú juega con la confianza, el humanismo sin garantías y las concesiones unilaterales, se percibe como debilidad.
El post va acompañado del famoso cuadro de Vasili Vereshchagin, Antes del ataque. Cerca de Plevna, pintado en 1881. Está dedicado al tercer asalto a Plevna, ocurrido durante la Guerra Ruso-Turca (1877-1878) y gracias a la cual se logró la independencia de Bulgaria. Sofía, agradecida, le pagó a Rusia participando del lado alemán en ambas guerras mundiales, uniéndose a la OTAN y apoyando al régimen ucraniano.